La leyenda del tinajón y el maestro de música (+ Fotos)

Por Rainer Castellá Martinez/Colaborador

Octubre, 2021.- El compacto globo que la farola proyectaba como un andar sereno entre la sombra indulgente de la noche, se dibujaba en las ardientes pupilas del caballo. Un sujeto con sombrero de alas raídas se bajó del cabello y anudó las amarras a la columna más cercana.

Respiró profundo y con cierto sigilo miró a ambos lados antes de esbozar en el portal el fango que se derretía en la suela de sus botas. Se colocó de lado a la puerta y sin atreverse a llamar desabrochó la cartuchera. Una visión punzante se prendía al cabo del revólver.

Alzó la cabeza al frente. En sus ojos se dibujaba el grueso aldabón sobrepuesto a la puerta colonial de dos hojas. Una luz intermitente le sobresaltó al punto de sacar el revólver, dando un paso atrás sobre la escalinata, inclinando ligeramente el torso sin remedio intentó ocultarse tras la hoja derecha de la puerta que se abría como un abanico de plumas a la par estrepitosa tras el crujido de ultratumba que los cerrojos ponderaron desde el interior.

Una gota de sudor descendía por su frente de trazos amplios, a medida que la penumbra de su semblante antes anexada a la impávida lumbre de la noche, quedaba sepultada a merced del lívido y sorpresivo resuello de la mujer de mediana estatura, y simetría redonda que llenaba el divisible espacio de vacío sentenciando el inoculado chirrido de la puerta.

El reflejo de las velas aumentaba la visible deformidad de su semblante a medida que se acercaba al interior de la saleta. Reparó en el óleo de la pared que se empinaba sobre la base de mármol de la consola como hidalga espada, reparando en la imagen del caballero con casaca y un bigote de puntas torcidas que le ocultaba el labio superior, rosando la mano de una dama con mirada punzante y regia actitud, denotada por el collar de perlas que lucía en su cuello y su cabello peinado en forma de copa al más puro estilo de una reina María Antonieta morena.

Aquel retrato académico le consternó al punto de inclinarse sutilmente ante la sensación de cobrar una vida ominosa, que le sentenciaba a vagar por maravillosos y exóticos parajes.

Guardó las formas, por así decirlo, de escurrir sus nobles ademanes en la presuntuosa nota del piano erigido a su espalda, unos metros más allá, mucho más allá, podríamos insistir, aunque le parecía colmada de tan límpida nitidez, semejante ofrenda al tiempo presente que el pasado jamás calaría, ¡no sería capaz, no tendría el valor!, con holgada impiedad los frágiles vestigios, por alguna razón desconocida del pesebre donde reposan sus lánguidas entrañas.

Cada nota en el piano perfumaría ese campo ciego de heréticas bondades que la nobleza insípida de sus sensibles fibras abriga con más decoro que desconcierto en la inherente miseria del silencio. ¿Chopin? su favorito. Largo preludio en mi menor, le encantaba que lo tocase.

Perfiló con sus manos el respaldo del butacón, mientras las teclas del piano saboreaban a disgusto la desafinada nota que pasaría inadvertida en sus oídos, no así desde la maquinal proyección de esos granos inflados de café esgrimiendo sus pupilas.

Solía tributarle una alevosa sonrisa y recostando su espalda en el butacón; una espalda fatigada por los documentos de cuanta propiedad y ley legitimada en el Cabildo, cotejaba para respaldar los intereses de sus clientes, y mantenerlos a buen recaudo, dentro de la cuantía enorme de expedientes archivados en su prestigioso bufete, dando por cerrado el asunto, y prometiéndole a su señora, que a la mañana siguiente, justo antes del alba refrendar sus luces sobre los tejados de la casona y el gallo del patio, ese gallo de plumaje blanco, cuya única pata sustentaba como una estaca su cuerpo robusto como un ganso, entonase ese canto lírico suyo, tan lírico y emotivo como un ruiseñor, antes que las oraciones al pie del pequeño santuario en un extremo de la alcoba, sepultase los delirios del sueño para añadirle al día la dualidad objetiva de la rutina, estaría su bastón calcinando la superficie de la cochera, dispuesto a trazar líneas angostas y profundas como raíces para ir en busca del afinador del piano, el señor Antúan Melódico.

Llamaría a la puerta de su pequeño conservatorio, un local medio en ruinas, contiguo al puntal de la cornisa que marcaba el límite con la fachada de su hogar, y que poco a poco sufría la remodelación necesaria para transformarla en sala de concierto y disponer de sencillas recepciones a los artistas de la Villa y el selecto personal asistente a estas reuniones de la aristocracia provinciana que además de distracción enriquecía la cultura musical de la Villa, el músico Antúan Melódico, amigo de la familia, desde años remotos que el marqués siquiera precisaba a recordar, antes muchos antes, debió germinar aquella amistad desde los tiempos en los que su abuelo el primer marqués de Ugarte y Capdevila, compró los hatos para la cría de cerdos, negocio floreciente con la explotación del ganado mayor y no pocas artimañas creativas, ajenas a la ley, que inflamaron la fortuna de los Capdevila hasta el punto de medio siglo después convertirse en una de las familias más ricas de la naciente Villa de Santa María de Puerto Príncipe, que por aquel entonces se resumía a un breve caserío depuesto entre las inmediaciones del río Tínima y Hatibonico.

El actual marqués de Ugarte y Capdevila desestimaba el origen de la fortuna familiar y su trato piadoso hacia sus esclavos le confería ideas liberales que primero satisfizo al dejar el ingenio de azúcar, las tierras con la cría de ganado y otros negociones propios del comercio minorista dentro de los lares de la Villa a su fiel administrador, dando riendas sueltas a la puesta en práctica de la realización personal que supuso la apertura de su bufete jurídico. Esta labor que le apasionaba a la vez y le restaba la mayor parte del tiempo para compartir con su hermosa esposa, una criolla capitalina, de noble familia que conociódurante la corta estadía en la capital, durante sus vacaciones, cuando el barco atracaba en puerto capitalino, mientras se recibía de abogado en Madrid, solía dulcificar la deuda con su esposa, sirviéndose como principal mecenas en relación a la construcción del conservatorio de música, y los conciertos que no pocos domingos ofrecía la marquesa en el salón tertuliano de la casa del maestro Melódico.

Darle gusto a su esposa sería todo lo que resarcía la fatiga trascedente del trabajo y las furtivas reuniones que se concretaban en la intimidad de su despacho; encuentros de los que pretendía dejarla al margen, abogando por disipar sus enervantes sospechas ante su llegada a casa con cada vez más regularidad pasada la hora de la cena, con su vocación por la música. Antúan Melódico no solo atraía por su probado prestigio musical sino que su carisma en esencia radicaba en las enseñanzas teóricas, de orden espiritual conferidas a sus alumnos al decirle cosas como estas: «Siente la música como las caricias que da la brisa a una hoja de plátano»,la música no te eleva, es tu consciencia la que se alza entre tus dedos» e interrumpía la clase con actitud solemne para contarles de sus viajes exóticos a la India, y de su amistad con un encantador de serpientes que tocaba la flauta y de la que aprendió todos los misterios de la naturaleza en pura complicidad con el posterior fruto de sus piezas musicales. Sus alumnos escuchaban ensimismados sus historias y nadie se atrevía a preguntar la fecha, porque esa fue la única vez que se le reconoció enfado a don Melo, como le decían cariñosamente sus amistades más cercanas, echando a bastonazos ese alumno perjuro cuya risa le acusaba de charlatán, enajenando la evidente certeza de su afirmación tras cotejar en su memoria, la fecha precisa de su primera visita a la India allá durante el período védico que sentaría la bases del hinduismo alrededor del quinientos cincuenta antes de Cristo, luego recogía sus dedos, como tenazas de cuero en la punta de su lanuda barba, con la intención de recobrar a sus pulmones de esa frágil y compasada respiración, resaltable en la sabiduría característica de médium y maestros esotéricos, digna, quizás de una estirpe milenaria, que nadie en absoluto, ni siquiera la marquesa consorte se atrevería a escudriñar.

Bastaba con admirarle desde el púlpito, abrigado al solemne artificio del estrado, poseer como diestro jinete la bestia infernal que a juzgar por su menudo tamaño le supondría el vistoso piano de cola.

Dos granos de café rodaban a la cuesta de sus pies, tras descender de la banqueta de tres escalones inmensos donde subía para acceder a las teclas del piano y con los poros erizados de su piel producto de la emoción, descubría entre los presentes las corneas desnudas de la marquesa.

«Muy pronto perderé los míos para ver a través de tus ojos». Le decía al oído a la marquesa descubriendo entre sus manos como pétalos, los granos de café. «Llegará el día que solo tendré necesidad de ver aquello que solo escuchan mis ojos».

Los cachetes de la marquesa se ruborizaban pasando inadvertido entre tanto aplauso y adulación del resto de la aristocracia criolla. Conservando en sus adentros ciertas teorías sobre la empatía profesional o personal que aquel carismático personajillo depositaba en ella y que por razones obvias de irreductible moralidad nunca le comentaría a su esposo, cada vez más sumido en las labores del bufete y alejado en absoluto de las responsabilidades en relación al patrimonio familiar.

Justo llegaría ese amanecer donde el gallo de plumaje blanco y una sola pata no alcanzó a despertarlo con su gorgoreo alucinante, que su esposa ni siquiera en sueños conquistaría el susurro de sus rezos y que el alba no conseguía reposar sus nalgas en la uniforme pomposidad de los tejados, y que en cambio, su bastón cobraba agujeros en la superficie de la cochera, delineando robustos senderos en las hervidas ruedas del carruaje durante el trayecto a la casa del maestro Antúan; que se apretaba los espejuelos contra la nariz a merced del pulso tembloroso de la mano con la que sostenía el quinqué, para consentir en la visión maltrecha de aquella figura nacida de la bruma, una razón justificable que lo llevase a la renunciación de aquel incidente con el alumno, cuya carcajada le acusaba de charlatán.

Por mucha amistad tributada al abogado, hasta cierta empatía en el terreno de las ideas políticas o su generosidad abrumadora para el auspicio filantrópico del proyecto del Conservatorio, no hallaba razón alguna, ciertamente por más que lo anhelase no conseguía abrazar un ápice razonable que sustentase el argumento expuesto minutos después de la boca del letrado Capdevila y a tan inadecuada hora, destinada, para colmo al preludio prologando de un incipiente amanecer.

¿Qué insensato machismo enceguece al colmo de la ignorancia el buen juicio del marqués? Pensaba don Melo, comprobando el molde en el espejo de su hilada y mustia barba blanca, fraguando en sus pensamientos las razones que expondría a la marquesa para cancelar su concierto programado el próximo domingo.

Los nervios y no otros consentían las razones por las que la marquesa trasegaba en entregados desvelos por las galerías de la casona, derivados por el requerimiento obsesivo de afinar el piano una y otra vez.

El vientre del alba destilaba los primeros rayos de luz, unos precarios rayos que incidían con recato en los tejados de la vecindad, formando una pálida corona en las cornisas, cuando don Melo se puso en marcha en dirección a la casona de los Capdevila, esgrimiendo los fundamentos primarios en la que debía dirigir el rumbo de la conversación con la finalidad de mostrarse convincente ante la marquesa y piadoso ante el marqués Capdevila, un hombre que a las claras amaba a su esposa por bella, pero a la que le confería un papel decorativo y formal en su vida, rechazando cualquier talento que pudiese tener.

Extrañándole en demasía la poca sensibilidad del marqués para el arte y en especial su falto de sentido común al ignorar el sobrado talento de su esposa.

El piano afinado hasta la saciedad no sería necesario comprobar más que la caricia de un acordeen sus límpidas y sonoras teclas para que los dos granos de café rodasen a sus pies, hartos del escudo inerte con el que los ojos de la marquesa le miraban.

Se bajó con cuidado de un escabel de dos torres que le trajo la criada más cercana a la marquesa, disponible solo a Don Melo cada vez que se le antojase durante sus visitas hacerle uso, y se agachó con una destreza inaudita a recogerla con la punta de sus dedos, como si las arrullase aun después de vislumbrar el audaz destello de unos ojos que ahora anhelaban perderse en su plomiza niebla.

Don Melo perseguía aquel rastro que cobraba una forma traviesa a medida que el salón principal se desenrollaba como una alfombra ante sus pies, por las que visualizó rodaban las pupilas de la marquesa esta vez transformadas en dos nueces prendidas de fuego.

A fin de cuentas sabía que esta como tantas otras imágenes llevaban el noble antifaz de un amor pasional, sórdido y a su vez desesperanzador que callaría durante varios milenios más de existencia, él que había sido testigo de tantas batallas entre seres y sociedades ordinarias a los que anonadaba con el poder mítico y celestial de sus adagiosy sonatas, que había tardado siglos en discernir los sonidos de la naturaleza para traer al piano sus divinas recetas, él y solo él que fue verdugo de esa pasión trivial y efímera motivada por el instinto de posesión carnal cuando en sus venas reinaba una plenitud eterna, él y solo él no podía siquiera comprenderlo, cómo estaba dispuesto a renunciar a tanto para resumirse al ego irreprochable de una conquista carnal.

Al ego irreprochable, cabe añadir, desde la imperfecta visión del hombre ordinario en que estaba dispuesto a convertirse si una noche, solo una noche, poseyese el cuerpo helénico de la marquesa consorte.

Por ello degustó el té en silencio, sin reparo sus ojos diminutos se encendían como un cocuyo sobre la media luna que se marcaba en el vestido, bajo el talle imperioso del corsé, asfixiando el busto de la marquesa.

Él que había visto las esculturas de Bernini y explorado las sombras indulgentes de la diosa Maat, colgando la mirada en el futuro, hoy el futuro se resumía a la brevedad de un terrón de azúcar que consumía a la brevedad de un dios vencido por las edulcoradas miserias sufribles a un simple placer carnal, a un vano delirio de posesión por muy efímero que resultase.

La eternidad fecundaría admisible veleidades única y singularmente en el instinto recobrado. Don Melo escurría entre sus muelas pedregosas aquel terrón de azúcar sobre los bordes de la servilleta. Víctima del silencio fraguaría una nueva estrategia para que sus argumentos no resultasen en lo más mínimo reprochables.

La finitud de la luz asumiría resignada la robusta sombra que desde el mediodía empañaba el reflejo del cielo. Esa noche la marquesa esperaba como de costumbre al marques Capdevila con la cena extinguida entre las azarosas velas de los candelabros de tres torres pintando con pepitas de cera el mantel de hilo. Harta de esperar ordenó a las criadas que retiraran el servicio.

Sentía el estómago rígido y comenzaba a ser víctima de un malestar de cabeza que le atribuyó a los nervios, pensando se disiparía en compañía del piano. Repasó con ternura el escabel utilizado por el maestro Melo durante la mañana antes de tomar asiento colgando con suavidad los dedos de sus manos en las teclas del piano. Visualizó con los ojos cerrados el romántico valse con el que pretendía abrir el concierto del domingo.

Bastaba una álgida respiración para que sus pulmones replegasen la divina energía al resto de su espíritu y los primeros acordes vaticinaron esa complicidad maravillosa solo generada entre el artista y el piano que el público con tanta dicha y gratitud recibe.

Ese es el resultado inspirador del arte, despertar los secretos dormidos de la belleza invisible que ignoramos. Todavía hoy no comprendo la sordera del marqués Capdevila. Yo estaba allí esa noche, oculto, desde un extremo del salón. Nunca abandoné la casona.

Di la vuelta por la calle del fondo una vez me despedía en la puerta. La casona, además de su elegante terraza central decorada con innumerables plantas y arbustos bajo la sombra rebosante de enormes tinajones de barro que mantenían a todas horas el agua fresca y limpia, sobre las que se erigían entre las arcadas moriscas unos bellísimos frescos pertenecientes al bajo renacimiento español, tenía un patio trasero con las paredes tapizadas de hiedra y una estructura más angosta, los primeros diez o veinte metros provisto de una galería muy estrecha, hasta abrirse a un patio de asfalto, más o menos rectangular, de unos cinco o seis metros cuadrados, que se comunicaba desde una puerta quebradiza con la cochera hacia el interior de la casona.

No fue difícil aguardar mi oportunidad cuando una de las criadas entró con un canasto de frutas apretujada en sus caderas y demorando el tiempo suficiente entre lo que depositaba el encargo en la cocina, retornar a cerrar la puerta en compañía del calesero mostrando una actitud zalamera mientras yo estaba dentro del recinto.

Oculto en un tinajón de medianas dimensiones, suficiente acaso para zambullirme en el agua sin contemplar la menor posibilidad de ser descubierto a menos que el calesero le entregase mi bastón a la marquesa, tal como hubiese sucedido de no ser por la mueca que estrujaba sus labios mientras lo tomaba del suelo y echaba a andar imitando los ademanes de un señorito de buena cuna con tal de darle gusto a la esclava que se llevaba las manos a la boca para silenciar la risa. Por unos minutos tuve la sensación que estaba sumergido en un océano hasta que el agua inundó mis frágiles pulmones y comencé a toser en medio de una asfixia evidente, que se mostraba más crédula en las idílicas imágenespor mi consciencia envilecidas.

En la más visible lucía la marquesa un vestido rosa con hombreras de encajes, collar de perla y minúsculos pendientes frente a la coqueta del espejo, mientras la contemplaba orgulloso y le tendía el bastón, conquistando con vehemencia el grácil sustento de sus manos que me guiaban hacia un sendero luminoso, enervando desde la superficie en forma de rosetón hasta cubrir mis ojos y entonces ver tal como había pedido, únicamente a través de su música. ¡Sentir!, ¿¡qué otra visión divina se atrevería a otorgarme dicha más plena! Poseído por un estado de inhibición no preciaría en absoluto de las precariedades del cuerpo para satisfacerme en los albores insalubres del destino al menos ese irreductible vestigio de placer mundano que a sabiendas regocijaba mi instinto, renunciando al túnel de luz que agazapaban mis pies, mis brazos, mi cuerpo todo que había dejado de sentir para sentir todo desde una nueva dimensión.

La marquesa ni siquiera interrumpió la pieza por mucho que notase mi presencia. En la última nota sentí que sus ojos se abrían a un paraje incluso desconocido para alguien que cultivó su arte entre los secretos milenarios de la cultura hindú.

El reloj de la pared marcaba las nueve en punto de la noche. Usé mis manos de palangana para recoger las gotas de agua que desde el incidente del tinajón no cesaban de parirme en la punta de la barba. Conseguí recuperar los espejuelos del fondo del tinajón pero los cristales por más que los limpiase continuaban empañados. De modo que los guardé en el bolsillo derecho de la casaca y me dispuse a acercarme a la marquesa. Tanto necesitaba descubrirle mis verdaderos sentimientos que me parecía infantil el probable cálculo del riesgo.

Estaba dispuesto a todo por ella, un segundo más, solo un segundo más y su hombro enjugaría con las silenciosas lágrimas que derramaba, tras el anuncio intempestivo de la criada que se retiró sin atreverse a mirarle a los ojos, casi igual que ella, ante la presencia de aquel sujeto vestido con atuendos magros que la estrechaba entre sus brazos en medio del salón, besándola con la misma intensidad que tantas veces la soñé.

El sombrero de alas raídas rodabaen el suelo como un reloj de arena. Entonces comprendí que mis lágrimas no eran sus lágrimas, que la sangre desbocada en mis venas no sería su sangre, que su cuerpo jamás sería mi cuerpo, y que mis ojos nunca verían con la ciegues de los oídos que se filtraban dulcemente cada vez que tocaba el piano.

Hablaron, hablaron mucho, entre besos, jadeos y promesas que me parecieron más mundanas que ninguna otra cosa antes contemplada durante tantos siglos de ir y venir por el mundo con mi música. Les seguí sin el menor sigilo hasta su alcoba.

Unos metros de distancia fueron suficientes para pasar inadvertido. Incliné la barba a la cuna. Unas bolitas de agua macilenta rasgaba el mosquitero de tul, divido en dos mitades perfectas donde el marqués cargaba a su bebé, cubriéndole de besos mientras yo… yo solo le dejaba unas gotas de agua y las inútiles ganas de recoger los granos de café entre mis manos. Sus pupilas, sus pupilas firmes y serenas sería la última imagen que guardaría mi memoria de la bellísima marquesa antes de abandonar la casona por la puerta trasera como irremediable intruso.

Después de todo algunas cosas no tenían por qué cambiar. Sin la ayuda de mi bastón conseguí llegar a mi casa o las ruinas que habían quedado tras el incendio sufrido durante el domingo de concierto que según las palabras de un peregrino que rondaba la callejuela, aceleró las intenciones del Cabildo de clausurar, sumándose la atenuante conspirativa que según el mando español se utilizaba para reuniones conspirativas.

Reposé esa noche sobre los escombros de mi propia casa aunque no pude pegar un ojo, al día siguiente me puse en marcha hasta el centro de la Villa y mi sorpresa no fue menor cuando al toparme con la mulata que el día antes me permitía su torpeza penetrar por la puerta de atrás en la casona de los marqueses, comprobé su ignorancia absoluta.

¡Una falta absoluta de respeto, la verdad! Se acompañaba del calesero que le guiaba del bastón, ¡mi bastón!, repitiendo los mismos ademanes de caballero, ni siquiera gracioso en un principio, a menos que el regocijo de usurpar otra personalidad justificase con algún ardid pasional, el vestigio del silencio, en apariencias errado,que ahora hacía la criada mientras subía al carruaje con una canasta de frutas hincando sus caderas.

En el mercado escuché y vi de todo. Los criados hablaban de sus amos como si por un momento se sintiesen los patrones. Entre tanto cotilleo y pregón hay que tener bien afilado los oídos para discernir lo interesante de lo nimio. No para un maestro de la música.

Escuché que había estallado una insurrección armada y que no pocos aristócratas estaban en la lista del mando alzado en la manigua. El marqués Capdevila fue el primero en aparecer en la lista de los nombrados.

Ahora comprendía por qué las autoridades se ensañaron contra el proyecto del Conservatorio y por qué no quería que la marquesa asistiera ese domingo a la sala de conciertos en mi casa. Sin dudas temía a las represalias por parte de las autoridades que seguramente ya estaban tras su pista. Abatido desandé las callejuelas de la Villa.

Mis piernas me pesaban el doble de lo acostumbrado y de los adoquines enervaba el fuego que se impregnaba con soltura en la planta de mis zapatos. Todo era demasiado confuso. No tenía fuerzas para pensar siquiera en sobrevivir. Tampoco razones para hacerlo. Sentía mi cuerpo, vale añadir que por desgracia lo sentía, anhelaba dejar de hacerlo.

Quizás fue la razón por la que  caí rendido a un terreno baldío del que no precisaba, ni importaba en lo más mínimo reconocer. El pacto con la oscuridad debería ser eterno, pero tal vez no lo pedí con la fe requerida. Mis oídos, mis traviesos oídos se pusieron en alerta con el chasquido de unas alhajas que me perseguían como si intentasen sepultarme.

No sabría precisar el tiempo en que estuve sumido a la oscuridad que ahora nacería desde la espantosa visión de la gitana leyéndome la mano y hasta tanto no terminar de delinear la línea más larga, no mostró la mezcla de ira y espanto que a su cascajosa faz sobrevendría.

Me soltaba la mano como poseída por un rayo y dejó en su lugar la lluvia que reblandecía aún más el suelo baldío, creando un agujero donde cabrían en fila diez hombres de mi talla.

El descenso no fue mejor ni peor que el retorno a la luz. Esa luz que ya no te satisface y que por puro capricho dios insiste en concedértela.

Así anduve errante, por las callejuelas de la Villa,condenado por una culpa irreconocible me daba el amanecer cerca de la casona de los marqueses  escuchando el canto del gallo de una pata y plumaje blanco, sin precisar ni distinguir el tiempo, porque el tiempo me había jugado una mala pasada, de la que no debía sentirme desdichado, a fin de cuentas todo había sucedido en cuestión de un día y quien bebe de las aguas de los tinajones,se queda para siempre atrapado a estas tierras. Mucho tiempo debió pasar para que aceptase mi condena. Una condena que para otros seres diversos a mi estirpe milenaria debía ser divina. (Fotos: Lázaro David Najarro Pujol)

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